
Uno mantiene una tensa relación con los discos expiatorios, aquéllos en los que el artista barrunta sus demonios interiores, que en la mayoría de las ocasiones tienen que ver con las relaciones sentimentales, las autodestrucciones personales, la bidireccional coexistencia del bien y el mal. Vamos, la base lírica de gran parte de la música popular nacida en el siglo pasado. (...)