
Ya sabemos que hay artistas capaces de volcar en su obra cuanta neura, filia, fobia cruza por su mente, convirtiendo aquélla en una especie de diván del psicoanalista, abrazadera donde apoyarse para evitar, o transcurrir, por la depresión. En el cine, Woody Allen ha convertido esa capacidad en un arte (la mayoría de las veces) o en un simple negocio (en otras ocasiones, si bien contadas). (...)