
Se sienta Willie Nile al piano, el escenario marcado por la penumbra de unas lámparas de mesa, y comienzan a sonar los primeros acordes de una de esas canciones históricas, un Streets of New York que tiene en sí misma las venas de la ciudad. Las teclas acarician la armónica antes de que la banda haga acto de presencia engrandeciendo el final. Y la ovación del público es sentida y emocionada. Esto podría ser la manera de terminar un concierto de Willie Nile. Pero no, fue el principio, sin dejar por un momento que la gente se fuera calentando poco a poco. (...)