
Hay cosas que se caen por su propio peso. Y otras, que tienen tal ligereza (aunque ésta sea aparente) que no terminan de remontar el vuelo. Así que en la justa medida de ambas, es donde reside la virtud. Y en más de una ocasión comprobamos cómo la contundencia se convierte en la nada y lo banalmente lúdico en lo prescindible. Y en ninguna de estas categorías podemos, ni debemos, incluir a Redd Kross. (...)
