
Habitualmente hemos repetido en el Río que preferimos conciertos en salas pequeñas, de las de sudor y alcohol, de las que antaño rebosaban humo de tabaco por todas sus paredes. Sin embargo, hay ocasiones en las que un marco más ceremonioso engrandece el espectáculo. Y no concebimos mejor lugar que el Palacio Euskalduna para haber disfrutado de Bon Iver, en un concierto que fue mucho más allá que un simple espectáculo de rock, y, al mismo tiempo, fue la esencia de lo que significa un concierto. (...)