
Madurez es una palabra que tiene varios filos. Siempre la he considerado en cierto modo peligrosa. Si la pronunciamos como certificación de una edad biológica, resulta aceptable. Pero el sesgo que le damos cuando hablamos de un artista, de un creador, contiene pliegues que van más allá. Entendida como atemperación sobrevenida de energías pasadas no me gusta, ni lo más mínimo. Por eso huyo de ella cuando la leo, la escucho, la intuyo. (...)

