
Vivimos ahora mismo momentos dulces para la literatura rock en castellano. Los que llevamos muchos años escuchando los acordes de nuestra música siempre hemos tenido esa espina clavada y doliente. O acudías a textos foráneos escritos en inglés o aceptabas libros que, de acuerdo, podían ser descriptivos sobre las andanzas y aventuras de los protagonistas, o incluso manuales de consulta con profusión de datos, pero que habitualmente adolecían de una mínima calidad literaria. Obviamente, el concepto calidad vuelve a ser subjetivo, pero yo lo entronco directamente con la transmisión de emociones. Igual que busco que un disco alcance mis fibras sensibles, lo mismo le pido a un libro. (...)








