
Seguramente sea antes el huevo que la gallina. Y Pete Greenwood haciéndose un hueco en los garitos que abrían sus puertas al folk, si de ciertas reminiscencias psicodélicas, mejor, de principios de los años 2000. Un veinteañero más dando salida a una delicadeza que se asentaría en un primer disco, allá por 2008, de nombre Sirens, y de renombrados resultados en la prensa especializada, y entre sus pares, lo que es más difícil. Pero hablábamos de huevos y gallinas. (...)