lunes, 13 de julio de 2015

Bob Dylan & His Band
Plaza de Toros de Illumbe, Donosti (11/07/2015)
El viejo Lucky sigue brillando


* Autor: Jaime G. López "Desperdicios"
* Fotos: Estanis del Hoyo

Al recorrer los alrededores de Anoeta afrontábamos el reencuentro dylaniano con cierta sensación de déjà vu, de aquel lejano año 1999. Similar escenario, nos trasladamos del polideportivo de Anoeta a la Plaza de Toros de Illumbe a escasos metros de distancia. (...)

Mismo telonero, un Andrés Calamaro que, entonces en el zenit de su creatividad, actuaba intoxicado y lucía cual mercuriano Dylan Blonde on Blonde. Tan clon saltaba a escena en aquella gira que el grupo de extranjeros que teníamos delante profirieron en gritos de entusiasmo al salir aquel y tras mirarse entre ellos con extrañeza ¿acaso Dylan había rejuvenecido 30 años? Se percataron del error ante nuestras sonoras carcajadas. Pero todo lo demás ha cambiado. Dylan, nosotros, nuestras circunstancias, las suyas...

Su repertorio entonces estaba trufado de clásicos. Once de ellos tocó entonces, desestructurados hasta el desconocimiento. Además, dos versiones maravillosas, Friend of the Devil o la  vena country rock de la recién extinta Grateful Dead y Not Fade Away, el clásico de su admirado Buddy Holly que ejecutó bajo una intermitente luz de estrobo, juntando sus rodillas al ritmo de la canción, con esas piernas como alfileres embutidas en unas puntiagudas camperas. Aquella noche solo sonaron tres temas recientes... y eso que entonces paseaba ni más ni menos que el disco de la resurrección artística y personal, la última joya de su discografía, Time Out of Mind.

En el repertorio del sábado sólo sobreviven dos canciones de entonces, Tangled Up In Blue y Love Sick. En total, apenas asoman cuatro clásicos. Dylan confía en un repertorio que se centra en los últimos quince años, dominando Tempest (recrea hasta seis temas), dos piezas desde su más reciente trabajo (Shadows in the Night) y una o dos de  cada uno de los 4 anteriores al citado Tempest. Trabajos que han conseguido gran reconocimiento de crítica y posiciones en las listas muy superiores a sus obras maestras de los años 60 y 70. Suponemos que ese material más reciente se acopla mejor a esa voz que, como él mismo definió, tiende a subvertir el sistema. Además, el día que decidió aparcar la guitarra y sentarse al piano, su repertorio también tuvo que mutar de la electricidad a las atmósferas de lap y steel guitars y sonidos atmosféricos. Amigos, fieles y fans, quedaos sólo los valientes, parece querer decir el Dylan de 2015. Pero repertorios controvertidos a parte, Dylan tiene hoy mucho que ofrecer.

Andrés Calamaro salió a escena consciente de la responsabilidad que supone abrir para un artista de la talla de Dylan. Por ello, y para la ocasión, decidió hacerlo en una formación de cuarteto con piano de corte clásico, una discreta guitarra acústica a cargo de Julián Kanevsky, Andrés a la voz y la increíble armónica cromática de Antonio Serrano, músico vinculado principalmente al jazz y al flamenco (formó parte de las últimas formaciones de Paco de Lucía).  

En el tiempo asignado, Calamaro jugó sus cartas alternando recreaciones tangueras de Aníbal Troilo y Astor Piazzolla con la sobresaliente armónica de Serrano desarrollando la melodía en increíbles pasajes solistas, junto a temas más intimos y preciosistas, como Los Aviones o los rodriguecianos 7 segundos y Mi Enfermedad, junto a tres de sus himnos, La Libertad, Estadio Azteca y el cierre con Paloma en versión alternativa con el piano sustituyendo la característica guitarra distorsionada y con el público en pie ovacionando al argentino, quien mediante guiños a la ciudad y repertorio había jugado a dejarse querer. Ya sabía que el Victorino que salía tras de él es mucho toro. 

Y con puntualidad del viejo Sur y a los sones de tremendos golpes de gong salió a escena Bob Dylan en sexteto uniformado de rojo para la faena, salvo el líder que ante los rigores veraniegos prefiere los trajes de levita claros, en esta ocasión sobrio, sin estrambóticos remaches y tocado con sombrero de ala redonda. Abrió la velada con la oscarizada Things Have Changed guiada por las escobillas de George Receli y la guitarra acústica de Stu Kimball y con lo que sería la tónica del concierto, la voz de Dylan potente por encima de la banda, sin arrugarse. She Belongs to Me, el primero de los únicos cuatro clásicos que sonaron, lo hizo suave como un pañuelo sobre las capas de steel guitar de Donnie Herron. Supuso el primer gran momento de la noche, con un Dylan especialmente entregado a la armónica, como queriendo dejar claro a quién le correspondía la gloria con ese instrumento aquella noche.  

La iluminación y la escenografía a base de telones y lo que parecían viejos focos de plató de rodaje olvidados en algún gran estudio juegan un papel muy importante durante el concierto. Esto no es rock de estadio, de pantallas y vídeo-proyección, es teatro con cuidada escenografía y en el centro el actor principal interpretando su papel mientras se mueve sobre el escenario. En algunos momentos abandona el centro de la escena para ocupar un secundario lugar como parte del reparto. Como en Before Here Lies Nothin, con Dylan llevando el piano de cola a estacazos con magnéticos y repetitivos riffs, sobre la guitarra a la contra de Charlie Sexton. Workingman’s Blues #2 y Duquesne Whistle no suenan demasiado inspiradas y a nosotros nos da por pensar que los arreglos suenan pegados al original, rompiendo la tradición tan arduamente defendida de la metamorfosis hasta lo irreconocible de sus clásicos. Prima el respeto al original como base a la hora de tocar la obra más reciente. En fin, contradicciones dylanianas. A ritmo de vals vienés de 3 X 4 suena Waiting for You con un excelso Tony Garnier tocando contrabajo con arco.  

Y antes del fin del primer pase sonaron dos de los mejores momentos de la noche. Pay in Blood intensa y descarnada en la interpretación vocal de Dylan, que jugó a acercarse y alejarse del micro con pequeños pasos de baile entre su característico fraseo. Y ya caliente atacó Lucky Old Sun en la que sin duda fue la cumbre de la noche. Dylan agarrándose las solapas conjuró los fantasmas de Sinatra y Ray Charles y se apropio de su alma, alcanzó notas inconcebibles, transmitió sentimiento con una preciosa voz arrastrada como solo alguien con mucha vida y carretera puede hacer, hasta poner al público en pie en cerrada ovación.  

De hecho, casi consiguió que lo que debería ser otro gran momento del concierto, como su clásico Tangled Up in Blue, sonara un tanto intranscendente. Tocaba despedirse con Dylan dirigiéndose por primera vez al respetable para pedir en castellano veinte minutos. 

A la vuelta fue tiempo para escuchar blues, bien del Delta en Highwater (For Charley Patton), con los sonidos pantanosos aportados por el banjo de ese todoterreno instrumental que es Donnie Herron. O eléctrico de Chicago, con una Early Roman Kings que a pesar de los esfuerzos de Kimball a las maracas y Sexton a la guitarra, no llegó a despegar. 

Momentos intimistas en Forgetful Heart y Soon after Midnight con tintes nocturnos y románticos e iluminación de planetario. O bailarines y optimistas en Spirit on the Water, con Dylan al piano recitando saltarín. Entre medio, otro clásico, Simple Twist of Fate, que sonó cadenciosa, con Dylan arrastrando la letra, recitando y el pequeño guiño en el cambio de la letra, She was born in Spain (en el original 'Spring').

Y tras Scarlett Town y Long and Wasted Years volvió a cerrar magistralmente con otra tripleta de oro. Autumn Leaves, corazón de Sinatra, sonó emocionante y exquisita. Uno se pregunta dónde están ahora todos los detractores de ese disco como una boutade impropia del bardo. Tras el paso de esta gira por nuestro país se ha demostrado no sólo que sus más emocionantes interpretaciones son las de dicho trabajo, sino que todo el show gira en torno a una reconversión del de Duluth como un viejo crooner. Pues no está nada mal para tratarse de un capricho. Blowin in the Wind con violín de Herron se desarrolló a ritmo de vals no apto para coros ni campestres ni de Iglesia. Y ya para cerrar la atmósfera, el pantano, otra joya ese Love Sick electrizante y poderoso. El mejor final posible por contraste con el desarrollo de capas, de steel guitars, de suave música de estación de country en una noche de verano en la que vimos a Dylan cumplir su sueño de convertirse en un viejo crooner, ya lo llevaba avisando al menos desde Modern Times (When the Deal Goes Down, Beyond the Horizon, por poner dos ejemplos) pero no le hicimos caso y encima luego se le acusó de loco. En fin, hasta la próxima, Maestro, si la hay y si no, ya habremos vivido nueve vidas, las que la tradición sajona otorga a los gatos y las que hemos tenido la suerte de ver a este gigante. Eso es suerte y lo demás tonterías. 

PD: A la publicación de este artículo y a su paso por su primera parada francesa, Dylan ha aparcado su más reciente repertorio (este que hemos comentado que con ligeros cambios venía desarrollando durante toda la gira) para cambiarlo de arriba a abajo, incluir más de 8 clásicos imperecederos y notables cambios en el resto de temas. Como siempre, sigue haciendo lo que quiere.

Suena la corriente: "Duquesne Whistle" - Bob Dylan


2 comentarios:

  1. Envidia pura me dan los gabachos; aunque nosotros llegamos a las 20 y ellos no han pasado de 17. En Córdoba fue un show similar, sin Lucky Old Sun, y de lo mejor, los de Sinatra. Saludos

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  2. Anónimo6:39 p. m.

    Antonio,

    Yo al principio también lo pensé pero luego dije que narices, el concierto sin clásicos fue excelente con momentos únicos , más para quienes le hemos visto unas cuantas veces en ese sentido fue uan experiencia distinta y nueva. El Shadows por lo que va saliendo incluido Letterman es que lo borda, ojalá saque el vol. II pronto.

    Saludos,

    Desperdicios.

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