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lunes, 9 de diciembre de 2013

Nikki Hill
Kafe Antzokia, Bilbao (07/12/2013)
Patas arriba


Ella misma protestaba hace un tiempo en una red social. No, Nikki Hill y su banda no pueden evitar que algún promotor les publicite como una banda de rockabilly. Pero ellos nunca se han etiquetado así, por más que pueda llevar a confusión a algunos oyentes. Se definen como un compacto grupo con buen sonido, y si lo que quieres es pasar un buen rato y escuchar buena música de raíz, te gustará lo que ofrecen. Es todo lo que pueden dar.(...)


Y no podemos estar más de acuerdo. Es todo lo que pueden dar, y esto no es poco. Es posiblemente la raíz de un éxito que se antoja inesperado. Saber que esta amplia gira por la península se ha saldado con prácticamente lleno tras lleno, y el Kafe Antzokia no fue una excepción, es posiblemente más de lo que una banda de bar, de garito lleno de calor y sudor, de las capaces de vivir sin bajarse de una furgoneta, pueda esperar. Y eso es lo que son Nikki Hill, su marido Matt a la guitarra y la potente sección rítmica. Una banda de carretera, que bebe en el soul de toda la vida, en las raíces, riberas y campos del sur de los Estados Unidos, en los rocks bastardos que mezclaban los negros con sus lamentos blues, para buscar un alma al que poder cantar, llorar, o reír. Si diéramos por buenas esas comparaciones o frases de mercadotecnia que la emparentan, al menos en significado, con la Winehouse, habríamos de diferenciar que donde aquélla bebía de las raíces del ska jamaicano que tanto juego le dio en sus inicios, ésta lo hace directamente en esos monstruos que bajo el nombre de Little Richard o Chuck Berry comenzaron la auténtica música popular del siglo XX. Y hasta hoy. Pero ambas llevan la sentida voz del soul como su ADN propio.

En un mundo tan visual como el actual, algo de la propia imagen de Nikki Hill habrá influido en su éxito. Esa imagen tan pretendidamente retro pero que pasea con una naturalidad pasmosa. Su imposible turbante, su delicado color de piel, sus ojos achinados, su cercanía en escena, le convierten en puro centro hipnótico. Y los soberbios punteos y riffs sobre su ajada Telecaster de Matt Hill certifican que no está sola sobre las tablas, que lo suyo son cuatro compinches que se entienden y aman la misma música. La que pasea en el rhythm & blues de Don’t look that, en el soul coral de I know, en la balada de aromas tabernarios de Don't cry anymore, en el rock negro y primigenio de Ask yourself o en el soul-rock arrastrado de Right on the brink. Una voz que en sí misma tiene la esencia de Etta James o LaVern Baker peto también el alma de Otis Redding, o el arañazo de Little Richard en su lectura de The girl can’t help it o la fuerza de Chuck Berry en la de Sweet little rock’n’roller.

Y volviendo a lo que ella misma decía, es todo lo que pueden dar, mucho más que la media. Un buen rato de buen rock’n’roll y buena diversión. Cómo si no va a transmutarse la deliciosa Hill en el mismísimo Bon Scott con un Whole lotta Rosie que deja las cosas como debe: patas arriba.

Suena la corriente: "Ask yourself" - Nikki Hill


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