
Es curioso cómo el lenguaje se puede pervertir, manosear, adaptar a los intereses particulares de cada uno. Y ésa es una de las más bellas (y peligrosas) peculiaridades del mismo. Aquí en el Río somos muy dados a otorgar significados absolutamente personales a expresiones que en genérico indican otras cosas. Ídolos de barro? Hombre, claro, personajes creados sin la más mínima base y capaces de derretirse a las primeras de cambio. Bien, no en Río Rojo. (...)