
Ni Mac McCaughan ni yo mismo (somos casi coetáneos) tenemos vientipocos años. Qué más quisiéramos. Así que quedamos muy lejos de aquel inicio de década en los 90 que él abrió componiendo un excelente disco homónimo y yo escuchándolo en una Valencia a la que acababa de llegar. Los dos nos hemos tirado los siguientes 23 años con música en nuestras vidas. Y sin embargo, escuchar I hate music produce un cierto punto de pudor. Gratificante, pero pudor. (...)