
Imaginemos un hipotético escenario (apocalíptico, sin duda) en el que, por un extraño virus, la humanidad ha perdido su capacidad de crear. El cambio a este orden desconocido, sin nueva música, ni libros, ni arte, haría sudar (de alegría a los habituales gobernantes, enemigos acérrimos de todo cuanto sea cultura) a todo aquellos que consideran la novedad como única guía. (...)