
Indudablemente, nadie tiene derecho a exigir la vuelta al exceso, a las drogas, al alcohol. Pero era el Joe Cocker que nos deslumbró, que nos fascinó, que nos interesó. No por sus excesos en sí, sino por el halo de salvajismo que desprendía, de animal enjaulado que destrozaba garganta en rugido lleno de alma, de soul, de negritud alocada. (...)
