
La madera es un ser vivo. Nadie lo duda en el árbol que crece en el monte, en la ribera, el que forma el bosque que corrimos de niños. Pero la madera, ya cortada en tablones con destino aún incierto, sigue siendo un ser vivo. Un ser que reacciona a los cambios, de tiempo, de lugar, de temperatura, de cariño. También de esto. Así me lo contaba un viejo maderero durante los, muchos, años que trabajé en un aserradero. (...)