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viernes, 28 de noviembre de 2014

Lucinda Williams
Down where the spirit meets the bone (Highway 20 Records, 2014)
El abrigo de la secuencia


El eterno dilema de los discos dobles. Si serán capaces de mantener el atractivo, la atención del oyente, su supuesta capacidad de magia durante todo su minutaje. Bien, Down where the spirit meets the bone es doble, si hablamos de la edición cd. Si nos vamos al vinilo, nos encontramos con nada menos que un disco triple. Sí, son casi dos horas de la, hoy por hoy, gran dama del rock. A secas. Sin necesidad de añadirle a la palabra rock adjetivo alguno. (...)

Y bien, casi dos horas que merecen la pena? Como nos gusta, hemos dejado reposar el disco, sin atrabiliarias precipitaciones ni presiones urgentes, las más de las veces inventadas por nuestra imaginación. Aquí nadie nos pide cuentas, así que las damos cuando nos place. Y sí, desde luego que merecen la pena, si de lo que se trata es de reencontrar las características de una artista que es capaz de engarzar canciones con melodía, alma, energía, sentido, lírica y caricia casi como si la cosa no fuera con ella. Si buscamos una vía de entrada para un neófito en Lucinda Williams, seguiremos hablando de Car wheels on a gravel road (1998) o Essence (2001) para, a partir de ahí, balancearse hacia atrás y hacia adelante de una carrera que, aquí sí, apenas tiene tropezones.

Sí, Down where… es denso, largo, exige implicación, puede llegar a dispersarse en algunos momentos, aunque siempre encontrarás un riff capaz de centrarte, siempre encontrarás una frase capaz de reflejar por sí misma el momento puntual de una vida, de una sociedad, de una historia, que la hace única. Se hablará de madurez de una cantante que no sé si lo necesita, porque los mimbres sobre los que ha construido su historia pocas veces fueron aniñados, aunque sí inocentes. Pero sobre todo, nos encontraremos con un puñado de canciones que tienen entidad por sí mismas, porque están hechas de corazón, rabia, sentido, reflexión y sabor a tradición. Y que además nos regalan en algún caso una secuencia de esas que se antojan inolvidables. Son cinco canciones seguidas que valdrían por toda la obra. Un Cold day in hell con ese ambiente arrastrado, acariciado en los coros, punteado con una guitarra, que sabe tanto a Neil Young, que juega de manera maestra con ese infierno frío, algo que convierte en factible por belleza y verdad; Foolishness, donde van entrando la guitarra, el piano, la batería y el bajo, cada uno marcando su territorio hasta alcanzar una preciosa letanía de ritmo repetitivo; un Wrong Number que nos lleva de giro en giro en un vals de country-pop con un riff de guitarra con la palabra melancolía dibujada en el alma; un Stand right by each other que le llevaría a uno a afirmar que es la auténtica joya de este disco, que le llevaría a uno a imaginarla en el The River de Bruce Springsteen para convertirse en eterna, que le llevaría a uno a agarrar de la cintura a Ella y bailar este soul acaramelado que esconde lo que de emoción tienen uno simples acordes, que le llevaría a uno a llorar, sí; y una It’s gonna rain cerrando secuencia, con ese inicio de folk y country arremolinados, la banda entrando para ser acompañamiento de un nuevo baile, esta vez en el porche de la granja, mientras Lucinda y Jakob Dylan se preguntan y responden.

Por qué esta secuencia? Tal vez porque es la que cierra el primer disco en la versión en cd. Tal vez porque uno, sin saber cómo, encontró unos hilos ocultos que creyó ataban unas a otras las cinco tonadas. Tal vez porque simplemente fueron capaces de vencerme, de derrotarme llevándome a ese placentero mundo de amor y nostalgia que uno no querría abandonar.

A ver, el resto del disco sigue mereciendo la pena. Desde ese inicio en la acústica Compassion, musicando un poema de su padre poeta y dando nombre al disco, los sonidos de puro Petty (del maravilloso disco de Petty que hubiera sido éste si no existiera Williams) de Protection, la chulería country-blues de West Memphis, la humedad pantanosa y funk de Something wicked this way comes, el lacrimoso fin de fiesta de instituto en la década de los 50 de Big Mess, el pop con el brillo melancólico de tiempos pasados y aire soul de un When I look at the world por el que de nuevo hubiera asaltado Springsteen, ese power-pop prístino y limpio con hebras de country de Walk on, o el soul de Temporary Nature, la nocturnidad de One more day, rock de luna y estrellas, de oscuridad y nubes, o ese final abrazo a J.J. Cale en Magnolia, que, en mi caso particular, ni chirría y siento como propio.

Esa sección rítmica habitual de Costello formada por Pete Thomas y Davey Faragher sabe a eso, a ritmo, la producción y dirección guitarrística de un estajanovista como Greg Leisz dirige a nombres que van de Tony Joe White a Doug Pettibone o a las teclas de Ian McLagan, y la voz de Lucinda Williams empapa el primer surco y suaviza, acaricia, lija y remueve hasta el último.

Y uno sigue pensando que merece la pena, y mucho. Y entrando de nuevo, y en bucle, en la secuencia de marras. En la secuencia del disco.

Suena la corriente: "Stand right by each other" - Lucinda Williams


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